Hay crónicas que se escriben solas porque las realiza un corazón cargado de felicidad, otras, en cambio, son toda lo contrario. Son testimonio de una realidad de la que nunca te hubiera ser testigo por todo lo que conlleva.
Aparenta ser un domingo normal con la diferencia de la temperatura. Hace calor, demasiado. Te sudan las manos. El corazón te va a mil revoluciones y la noche previa a la cita es larga e interminable.
De camino al estadio ves cientos de camisetas. Distintas historias alrededor de un partido de fútbol. Sin ellos, nada de esto sería posible. Y ellos, esos aficionados tienen el germen del culturalismo en su ADN por lo que el futuro debe estar asegurado.
Arranca la contienda. Nervios a flor de piel. Pocos minutos y primer error. Penalti clamoroso de Barsic. David González toma la pelota y lanza por la derecha. No llega Badia.
Victor se atraganta en la salida de un balón en la recta final del primer acto. Otra vez aparece el mismo protagonista. David pone el segundo y la salvación suena a quimera.
Arranca la segunda mitad. Vuelan los minutos. Se intenta todo. Nada sale. Se acerca el maldito final. Todo el mundo sabe lo que va a ocurrir y el Burgos celebra lo conseguido. Nadie se va. Casi nadie pita. El árbitro sí lo hace. Final. Se acabó. Gracias Cultural por enseñarnos lo que significa jugar en una categoría así. Hoy toca llorar. Mañana habrá que empezar a rearmarse. Volveremos, claro que volveremos.

