Esta maldita pesadilla no tiene fin

La vida es cíclica. Está lleno de buenos y malos momentos, y también los hay regulares. Cuesta escribir unas líneas tras ver caer a tu equipo del alma por 0-3. Te lo dicen el mismo día que ingresas en la Universidad de Ciencias de la Información. «La objetividad es imposible». Cierto, el profesor tenía toda la razón.

No puedo evitar decir que el deporte no es justo con León. El fútbol no es un excepción. Más de diez mil aficionados en el estadio, entregados a cuerpo y alma a su equipo no merecen tal desenlace. Maldito deporte que alegra a unos pocos y entristece a muchos más.

Compareció de nuevo en su casa Rubén de la Barrera. Un gallego que llevó a los altares al equipo de la ciudad de León y que tuvo la desgracia de encontrarse un montón de carambolas que le mandaron a los infiernos del balompié. No fue culpa de él. No lo fue. Pasaron muchas cosas en aquella temporada que no merece la pena recordar. Rubén sigue siendo un líder. De la Barrera aún confía en que es posible dar la vuelta a esto, despertar de la pesadilla y continuar en la liga de fútbol profesional.

Cerca de una hora antes del arranque del partido se veían riadas de aficionados acudiendo al reino de León. Niños, padres, abuelos… Todos con la ilusión de ver ganar a su Cultural, pero si existen los demonios, uno muy poderoso acecha la orilla del Bernesga.

Comenzó el partido de forma extraordinaria para los leoneses. Reconocible el estilo de Rubén, no le tembló la mano a la hora de hacer cambios. Las Palmas aguantaba a duras penas y sólo un paradón de su portero evitó el gol y el éxtasis de la grada.

Media hora de choque y los blancos empezaban a perder fuelle. En cambio, los canarios aupados por su extraordinaria afición ganaban terreno. Avisaba las Palmas con un plantel que asusta al más pintado y con jugadores con una categoría más que contrastada.

Nada más iniciarse el segundo tiempo llegó la primera puñalada. Mika Marmol no tuvo piedad y mandó la pelota al fondo de la red. Más tarde, turno para Jesé. Este hundió el cuchillo en el corazón de los culturalistas y mandó a los jugadores a la lona. Ya nunca se recuperó la Cultural. De la Barrera lo intentaba con los cambios, la inercia hacía que los suyos lo siguieran intentando, pero Las Palmas jugaba a placer. Sando enterraba la escasa ilusión blanca con un fastuoso gol. 0-3, demasiado castigo.

Sin embargo y a pesar de la derrota, aún queda vida. Rubén no se rinde. Seguro que los jugadores tampoco y la afición debe seguir creyendo en los finales felices. Restan catorce partidos. Se hace necesario que llegue una victoria lo antes posible para acabar con la maldita pesadilla. Luego, llegarán más. Seguro. La clave es creer. Rendirse nunca, retrocer jamás.

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